Al abrigo de la Sierra Urbasa-Andía

Turismo Rural Navarra · Tierras de Iranzu
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Historia

Uno de los muchos atractivos y reclamos para el turismo rural en Navarra es su prolija historia, las Tierras de Iranzu nos ofrecen sus apasionantes historias acerca del pasado de esta tierra y sus antiguos pobladores.

De los primeros poblamientos de Navarra dan testimonio los hallazgos del paleolítico inferior (600.000 a.C. al 40.000 a.C.) de Coscobillo, Urbasa, Estella, Lezáun, Lumbier y Viana. La Edad de Bronce siembra de dólmenes y talleres de sílex las zonas de pastoreo; en esta época la arquitectura megalítica se reparte por todo el territorio, desde Viana, Cirauqui y Artajona, a las sierras de Urbasa y Aralar, hasta alcanzar las cumbres pirenaicas.

Escudo - Tierras de Iranzu

Entre las poblaciones romano-vasconas de la futura Navarra que mencionan los historiadores antiguos la mayoría se situaba entre la Cuenca de Pamplona y la Ribera del Ebro. Era el extenso Ager Vasconum que abarcaba las merindades de Estella, Olite y Tudela. La identificación de Andelos, cercana a Mendigorría, no dejaba duda a la vista de sus ruinas. Julio Caro Baroja sugirió que Viguria de Guesálaz fuese el lugar de rigen del primer rey vascón de Pamplona, Iñigo Arista o Ariesta. Algunos documentos medievales constatan que era de Bigorra o Bigoria, hoy Viguria, pero porque la historiografía de los últimos cuatro siglos se empeñó en que la grafía era Bigorre, todas las miradas desde entonces redirigieron a la región allende el Pirineo.

Aquellas villas romanas eran las más importantes, pero tenían que existir otras sin notoriedad al margen de las rutas más transitadas, repartidas por Valles al pie de las sierras de Urbasa y Andía, intensamente romanizadas con la llegada de los nuevos dueños y señores de la tierra. Soldados veteranos que por haber servido en las legiones en la larga guerra contra los pueblos del norte peninsular, a finales del siglo I a.C., fueron recompensados con poblaciones, bosques y campos. Aquello llevó a Caro Baroja a exponer su conocida teoría de que los topónimos de pueblos que acaban en “ano” y “ain” derivaban del nombre de sus propietarios, y entre los muchos ejemplos por Navarra cita tres referentes a los Valles: Muniain, que pocedería de Munio; Grocin de Grotius y Arguiñano de Argeus. El proceso romanizador en esos pueblos tuvo que ser rápido e intenso pese a la falta de monumentos. Es notoria una lápida empotrada en un muro de la iglesia parroquial de Muez, capital de Guesálaz, en recuerdo de un veterano de las legiones, Ordunetsi.

Las más importantes comunicaciones iban de la Barranca a Yerri y al puente de Lorca, con derivaciones a los Valles de Mañeru y de la Solana. No son verosímiles castillos medievales en los Valles, y no obstante cito uno casi inexpugnable José de Moret en el entorno de Salinas de Oro.

Cruz - Tierras de Iranzu

Los siglos VI al VIII, hasta la invasión musulmana del 711, se caracterizaron por el acoso constante de los reyes godos, que chocan a menudo con los vascones, probablemente por no querer éstos someterse al patrón unificador de península ibérica.

 La entrada en suelo peninsular de los invasores musulmanes, cuya presencia en el Valle del Ebro no se conoció hasta el verano del 714, iba a provocar grandes cambios en la trayectoria histórica de la futura Navarra. Las únicas tierras que no dominó Casius hasta pasados dos siglos cuando sus hijos, caminando por la misma vía establecen la frontera superior de Al-Ándalus entre el Monjardín y el Montejurra, que vigilaban desde la fortaleza de San Esteban sobre el primero de los montes, que hacia el 910 les arrebató Sancho Garcés I. Aquella acción, condujo diez años después a la aceifa, a la operación de castigo contra el reino de Pamplona, encabezada por el Emir Abderramán III, la cual concluyó en la batalla de Valdejunquera en julio del 920, en campos de Yerri y Guesálaz.

Hacia finales del siglo XIII, la Merindad de las tierras de Estella mantenía ya una sólida división en diez Valles. Los Valles iban a convertirse en lo sucesivo en principales aglutinantes de pueblos y gentes con derechos y prerrogativas. La población, superadas las grandes pestes bubónicas de los años 1348 y 1362 –la última bien tardía, en 1599-, que afectaron a Navarra entera y naturalmente a los Valles estelleses, encontraron la estabilidad y prosperidad que se había iniciado con el siglo XIII. Las viejas iglesias románicas fueron sustituidas por las góticas, pero conservando portadas y ábsides. Las que aún subsisten con el viejo estilo se debe a un temprano abandono de los pueblos, cual Ciriza de Yerri, cuya iglesia es hoy encantadora ermita de Santa Catalina entre los dorados trigales.

 Los siglos XVI y XVII fueron también de prosperidad para los Valles de Guesálaz y Yerri, cuyas gentes seguían proyectando la actividad comercial hacia Estella, hacia el mercado semanal activo desde la Edad Media, al que acudían por tres antiguas rutas. La vida parecía haberse estabilizado hasta comienzos del siglo XIX, en que es interrumpida bruscamente con el sometimiento napoleónico de Navarra. Guesálaz y Yerri quedaron al margen de la presencia francesa.

Ya adentrados en el siglo XX, los Valles seguían manteniendo sus campos dedicados al cultivo del trigo. La guerra civil se llevó a muchos hombres, cuyos brazos hubieron de suplir con esfuerzo los hermanos menores. Conforme se alcanza la década de los 50 los campos de trigo se convierten en predominantes. La vida era laboriosa y llena de privaciones. Llega la hora del éxodo rural a mediados de los años sesenta, cuando desde Pamplona principalmente se reclama mano de obra para la industria que llegaba a Navarra. Las casas de los pueblos van cayéndose poco a poco; el adobe y la carencia de piedras sillares las echa abajo. Los Valles aún permanecían unidos cada uno en su jurisdicción, hasta finales del siglo XIX en que llegan las desmembraciones de Salinas de Oro y Abárzuza, seguida en 1951 de la de Lezáun, que se separa de Yerri.

Autor : Carlos Viñas-Valle

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